El hombre despertó tendido su cuerpo sobre la mesa. Bajo la carga de unos párpados pesados, su mirada discurría lentamente desde una esquina a la otra. La mesa cojeaba y su cabeza parecía pender de un hilo. Un vaso de wiski casi vacío, un sobre abierto y una hoja partida en decenas de pequeños fragmentos (un beso marcado, ahora eran varios besos), no había nada más sobre la mesa. La casa estaba cerrada por dentro, las llaves las tenía como de costumbre en el bolsillo más pequeño del pantalón, pero un silbido delataba al viento. El hombre se incorporó torpemente, en su habitación la luz apagada, un vestido viejo en el suelo (que recordaba más a su nombre que a su figura) y la ventana rota. Una línea de sangre marcaba en el suelo un trayecto obligatorio y fragancia a desesperación cubría la noche. Habían pasado veinte años y varios golpes. Setenta veces siete promesas.
Poeta y escritor chileno (Quilicura y Longaví)